
Foto: La Prensa (aunque la nota corresponde a un titular muy distinto). El lugar, el Palacio de Justicia de la Calle Potosí. El día, cualquiera de estos.





La toponimia de esos hermosos balnearios muestra los orígenes prehispánicos de todos esos pueblos de nombre rumoroso y eufónico. En uno de ellos, el terremoto y el tsunami destruyeron el cementerio, abrieron las tumbas y mezclaron los restos en un aquelarre que Goya no habría podido imaginar. Los sobrevivientes se tapaban la nariz porque el hedor se había apoderado del pueblo destruido.
Entre el sismo y el tsunami hubo 45 minutos en los cuales la Armada pudo haber prevenido a la población, pero no lo hizo. Así se quejaba el alcalde de Juan Bautista, en la bahía de Cumberland, temblando de indignación. ¿Cómo se habían olvidado de prevenirles si ellos no habían sentido el terremoto? Pero incluso la gente que sufrió el sismo en el continente no tuvo advertencia de la Armada y no pudo salvar nada: el mar se comió esos poblados.
Hace varios días que veo incesantemente el canal chileno, porque me duele comprobar que todos los oprimidos del mundo tienen el mismo rostro. Esos rostros de impotencia, de desolación, nos aproximan y hermanan. Tengo además un motivo personal para acompañar en el dolor al pueblo chileno, porque mi abuelo Monroy era de esa nacionalidad. Y entonces pienso en algo por demás visible: el Estado invisible. Invisible para el servicio, para la atención oportuna, para remediar el desastre, para recibir y distribuir las donaciones de solidaridad, pero siempre presto a la represión, a la lentitud de la burocracia, a la ajenitud frente al dolor de la población. El canal chileno sólo muestra a la clase media; no llega a las barriadas. La ministra del ramo dice que las familias perjudicadas deben seguir juicio a las empresas constructoras que les vendieron departamentos mal construidos: es un pleito entre particulares. Pero no dice nada de los desposeídos, no habla de planes de vivienda ni de otras formas de asistencia. Sin embargo, es honesto reconocer que el desastre ha sido tan grande que ha desvelado la inermidad de ese Estado aparentemente tan poderoso. En cambio, lo que no se puede ocultar es la desarticulación del pueblo chileno. La clase media se organiza para proteger sus pertenencias y disparar a bulto, pero los oprimidos sólo se juntan para saquear.
La tragedia comenzó hace cuarenta años, y el poderoso movimiento obrero chileno nunca más levantó la cabeza. Quizá me equivoque, pero allí no hay movimientos sociales, no hay centrales, no hay federaciones. Cada chileno es un átomo aislado de los demás y frente a la sólida estructura del poder dejada por el pinochetismo de ayer y de hoy. En días más asumirá el nuevo Presidente Sebastián Piñera, de derecha y neoliberal a ultranza. El neoliberalismo es lo contrario de Noé; por eso en ninguna parte se vio un Arca que salve a ese pueblo chileno demudado frente al furor de la naturaleza. Vendrá Piñera y ¿dará subsidios? ¿Construirá viviendas sociales? ¿Reparará la economía de los pobres? ¿Ayudará a los pescadores, a los pequeños productores, a los pequeños comerciantes? Eso no va con sus principios. Si la furia de Dios se abatió sobre ellos que acabe con ellos. Para eso Dios ha creado también esa chilenidad burguesa, satisfecha, altanera, odiadora del roto y aun más del indígena, de espaldas a América Latina, a Sudamérica, a los vecinos más próximos de Chile: Argentina, Bolivia y Perú. Piñera gobernará para ellos y el pueblo chileno tendrá que acumular fuerzas para la reconstrucción sin ayuda de nadie, en la más profunda soledad.
Quizá sea ésta la oportunidad de oro para reorganizar los movimientos sociales, para rearticular a los trabajadores, para revivir el movimiento indígena y las reivindicaciones de los oprimidos, que jamás disfrutaron de la supuesta opulencia del neoliberalismo.
Me duele, me da rabia, me hace cagar de risa leer a esos comentaristas bolivianos que no disimulan su júbilo ante el triunfo de la derecha chilena. ¡Ese es el camino! ¡Ese es un gran país! Ellos harán negocios afortunados, mientras nosotros nos distraemos con ceremonias cojudas en Tiwanaku. Entonces pienso en la solidez orgánica del pueblo boliviano, en sus centrales y confederaciones, en su poderoso movimiento indígena, en su voluntad y su mentalidad colectivas, y me alegro de ser boliviano. Chile era así. El Chile de Allende era un pueblo jubiloso y organizado. Llegaron los cuatro jinetes del Apocalipsis y destruyeron las organizaciones sindicales y sociales. Volvió la democracia cómplice con la estructura de poder pinochetista y nunca hubo cambio de estructuras ni el movimiento popular volvió a alzar la cabeza.
Ojalá que esta tremenda desgracia sea también la hora cero de la rearticulación, de la reorganización, de la emancipación del pueblo chileno.
Ramón Rocha Monroy

No sabía si titular Democracia sin sentido o Sinsentidos de la democracia. Es que hay gente que vive la democracia en sus grandes acontecimientos y otra que aguarda en su cueva y luego se llena la boca con la bendita palabra.
Resulta patético comprobar que los acontecimientos verdaderamente democráticos de la última década no corresponden, pero de ninguna manera, al patrimonio de quienes hoy se desgañitan defendiendo la democracia. Mientras el pueblo luchaba en la "guerra del agua", en la "guerra del gas" o en las marchas por la soberanía y el territorio, los actuales defensores de la democracia hacían fortuna, como lo demuestran sus declaraciones de bienes. (Uno entiende que el valor de una casa y un coche juntos pueden superar los 100.000 dólares -- casi 800 mil bolivianos--; pero gente con millones de dólares, ¿de dónde ha salido? ¿Han sido industriales? ¿Comerciantes? ¿Exportadores? ¿Han tenido padres millonarios? Nada de eso; y sin embargo ¡cuánto dinero acumularon!).
La democracia es amor a la Patria, en particular a su elemento principal, que es la gente, los recursos humanos. Es también la defensa de los recursos naturales. Es la defensa de las culturas originarias. Es la defensa del patrimonio nacional. ¿Quiénes practican estas virtudes? Si uno revisa la información publicada sobre las grandes movilizaciones de la última década, ¿quiénes aparecen? ¿Los demócratas de hoy? Je. ¡Ni la sombra de ellos! Sólo los indígenas, los campesinos, el pueblo anónimo de las ciudades en ejercicio de su furia y su dignidad.
Si uno revisa las nóminas de los afiliados a las organizaciones sociales, ¿encuentra acaso a esas damas, a esos caballeros (sobre todo a esos que tienen apellido de casada)? ¡Puros nombres comunes, populares, aymaras, quechuas, guaraníes, itonamas, movimas, abas, guarayos, ayoreos!
Si uno revisa las opiniones de los promotores de la Capitalización, ¿encuentra algún apellido indígena, popular, común y corriente? Más bien uno encuentra nombres de conspicuos demócratas (incluso de extrema izquierda) que fueron gonistas de placard cuando se encandilaron con los gags estilo Alf y Bob Hope de Goni.
Cuando hay ascenso popular, cuando el pueblo se moviliza, estos defensores de la democracia se multiplican. ¿Pero qué defienden? ¿Las movilizaciones populares? ¡No! Defienden los ritos de la democracia formal, porque les gusta eso, el besamanos del Parlamento inglés, la urbanidad de los diputados de las Cortes, la cortesía de los munícipes suizos, el buen humor de los Senadores gringos, mientras les brotan ronchas y salpullido al ver que la Presidenta de la Constituyente es una chola. ¡Ella sí que es una imagen de la democracia en ascenso!
En este orden, Atilio Borón, analista argentino, de paso en estos días por Bogotá, se pregunta: "¿Tiene sentido seguir llamando "democracias" a los regímenes oligárquicos de América Latina?"
"Si Aristóteles renaciera y visitara nuestros países, ¿qué diría el padre fundador de la ciencia política ante la visión que ofrecen las democracias latinoamericanas? Seguramente diría que estas no son democracias sino oligarquías o plutocracias, porque según su definición, surgida de la observación de la vida política griega hace 2500 años, la democracia es un régimen en donde las mayorías gobiernan y lo hacen en beneficio de los pobres".
Ramón Rocha Monroy
(Texto seleccionado para el Premio Lorenzo Natali 2008 de la Comunidad Europea. Reproducido con permiso del autor)
La vida democrática de nuestra nación está marcada por históricas genuflexiones sin las cuales no podríamos entender las coyunturales arenas en las que, como país, nos tratamos de parar. Terreno que queremos afirmar, que queremos pisar, cada día con más firmeza. Queremos, luego, saltar. Creemos que lo vamos a celebrar.
Conscientes estamos de que “el camino no siempre es sencillo” y que los obstáculos son la constante de un proceso de cambio como el que enfrentamos. Pero más conscientes estamos, y eso nos regocija, de que somos cerca de 9 millones de bolivianas y bolivianos que apuntamos a un mismo fin, que tenemos un mismo horizonte, que queremos ¡ya! un cambio.
Lo hacemos bajo innegociables premisas de construcción de Estado. Miradas comunes. Comprensiones similares. Piedras fundamentales. En suma: I-R-R-E-N-U-N-C-I-A-B-L-E-S principios: Unidad Nacional y Democracia.
Y es aquí donde vamos a ser radicales, no vamos a permitir que se secuestre la voz ciudadana, ni que nos muevan (un milímetro) las reglas y la cancha de juego que, como país, hemos establecido para este proceso.
Vamos a hacerlo “con guitarra, voz y alma”, no queremos ejercer (con candidez) nuestra ciudadanía, solamente, en las urnas, vamos a hacerlo desde hoy, desde ahora, vamos a ser celosos vigilantes de que el proceso de cambio siga adelante, y de que todo esto sea refrendado por el soberano, ya sea en uno, dos, tres o los referendos que sean necesarios. Creemos que es ahí donde vamos a festejar nuestras diferencias y se deben respetar los resultados del voto informado.
Señores Políticos: Gobierno y Prefectos dialoguen, DIALOGUEN y cedan cuanto tengan que ceder. De una buena vez materialicen la oportunidad, que como país nos hemos ganado, de decidir por nuestra Nueva Constitución, de decidir por nuestras Autonomías. Encaminen las dudas a las urnas, que estamos, los bolivianos, las bolivianas, al pie de las mismas, esperan(zan)do.
Dile SI a un proceso que nos entregue una Bolivia con justicia social, dile SI a decidirlo en las urnas, dile SI al diálogo, a la deliberación, dile SI a la democracia. Llena el morralito de utopías con todas las municiones necesarias: información, flores, ternura. Y disparemos, disparemos sin cesar, cual metralletas; que no nos confundan (una vez más) respecto a las armas que queremos usar.
Que así sea. no renunciemos. "Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así. Hoy puede ser un gran día. Y mañana también".