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Friday, 29 October 2010

Encomio de Anamar

Esta semana ha sido triste por la magnitud de los personajes que pasaron a mejor vida: Néstor Kirchner y Ana María Romero de Campero fueron símbolo y paradigma de todos los que vivimos las angustias de la dictadura, de la persecución, la tortura, el exilio y la muerte de nuestros seres queridos.

No sé qué hados concentraron voluntades para hacer de esta víspera del Día de Difuntos una conmemoración de los hechos más dolorosos que ocurrieron en el país y en América Latina: el Padre Eduardo Pérez Iribarne estrenó un documental dedicado a la memoria de Luis Espinal, producido con la acuciosidad y honestidad informativa que siempre caracterizó a este religioso tan visible en la comunicación latinoamericana; el siniestro Arce Gómez comenzó a revelar los secretos de la dictadura, y a ver si en las próximas semanas podemos rendir honores póstumos a los restos de Marcelo en una ceremonia que conmoverá a millones de deudos en Bolivia, América Latina y el mundo.

Para los periodistas, el paso de Anamar por esta vida es un ejemplo de integridad en los días más aciagos de la dictadura, cuando mencionar siquiera la palabra democracia podía llevar luto y dolor a nuestras familias. Con su muerte nos volvieron a doler las pateaduras, las arbitrariedades, las torturas, la prepotencia de los paramilitares amparados en el gobierno para decidir sobre la vida y el futuro de miles de bolivianos. Frente a la magnitud de esta vida dedicada con unción y dignidad a la labor periodística, mueven a risa los reconcomios de los demócratas de hoy, ayer cómplices de las dictaduras, que parecieran vivir bajo el peor de los regímenes.

Ya no se acuerdan de esos tiempos en que literalmente teníamos que caminar con el testamento bajo el brazo, nada más por el delito de defender las libertades democráticas. Aquellos eran tiempos de riesgo, en los cuales hasta leer buena literatura o escuchar música popular parecían
actos delictivos por los continuos allanamientos a nuestros domicilios.

Nosotros sobrevivimos para contarlo, pero cuántos compañeros y amigos entrañables quedaron en el camino. Había que tener pantalones para amanecerse en una imprenta, recibir el semanario que denunciaba los excesos de la dictadura y distribuirlo en la clandestinidad. Había que ser gente de paz pero de ánimo resuelto para picar stenciles y accionar ese símbolo de la resistencia democrática, las multicopiadoras, que tantas veces fueron motivo suficiente de
allanamientos, pateaduras y asesinatos.

La ausencia de Anamar revivió en nosotros estos tristes recuerdos. Ella jamás traicionó a sus principios de vida, que fueron un credo democrático y de solidaridad con los humildes. Su ausencia convocó el recuerdo de Marcelo, que sigue clamando por tener cristiana sepultura; revivió la simpatía temprana de Carlitos Bayro, que fue asesinado por los paramilitares de la dictadura a sus 22 años sin que jamás fueran devueltos sus restos; nos recordó la enorme calidad humana y profesional de los ocho compañeros asesinados en la calle Harrington.

La partida de Anamar reanima en todos los bolivianos esa vocación indeclinable que nos hizo protagonizar los hechos más importantes de la democracia: la huelga de hambre de 1977, la guerra del agua, la guerra del gas, octubre negro y tantas otras gestas en las cuales jamás asomaron las narices los demócratas de hoy.

Ramón Rocha Monroy

Wednesday, 3 March 2010

El estado invisible

El terremoto había destruido las ciudades de dos regiones en el continente. 45 minutos después, una ola inmensa se abatió sobre los sobrevivientes y acabó con ellos o sus pertenencias. En la Isla Juan Fernández no se sintió el terremoto, y la gente dormía apaciblemente en la bahía de Cumberland -San Juan Bautista era un pueblo de pescadores y de cabañas solitarias--, cuando una inmensa ola con una velocidad de más de 6 kilómetros hora abrió sus fauces y se tragó a esa pequeña población.

Un pescador acongojado, viejo, buscaba en el lodo el cadáver de su nieto. Encontró al fin la gorrita del niño y lloraba inconsolable. "Lo material no me importa porque voy a seguir trabajando, pero he perdido a mi chiquito", repetía llorando.

La toponimia de esos hermosos balnearios muestra los orígenes prehispánicos de todos esos pueblos de nombre rumoroso y eufónico. En uno de ellos, el terremoto y el tsunami destruyeron el cementerio, abrieron las tumbas y mezclaron los restos en un aquelarre que Goya no habría podido imaginar. Los sobrevivientes se tapaban la nariz porque el hedor se había apoderado del pueblo destruido.

Entre el sismo y el tsunami hubo 45 minutos en los cuales la Armada pudo haber prevenido a la población, pero no lo hizo. Así se quejaba el alcalde de Juan Bautista, en la bahía de Cumberland, temblando de indignación. ¿Cómo se habían olvidado de prevenirles si ellos no habían sentido el terremoto? Pero incluso la gente que sufrió el sismo en el continente no tuvo advertencia de la Armada y no pudo salvar nada: el mar se comió esos poblados.

Hace varios días que veo incesantemente el canal chileno, porque me duele comprobar que todos los oprimidos del mundo tienen el mismo rostro. Esos rostros de impotencia, de desolación, nos aproximan y hermanan. Tengo además un motivo personal para acompañar en el dolor al pueblo chileno, porque mi abuelo Monroy era de esa nacionalidad. Y entonces pienso en algo por demás visible: el Estado invisible. Invisible para el servicio, para la atención oportuna, para remediar el desastre, para recibir y distribuir las donaciones de solidaridad, pero siempre presto a la represión, a la lentitud de la burocracia, a la ajenitud frente al dolor de la población. El canal chileno sólo muestra a la clase media; no llega a las barriadas. La ministra del ramo dice que las familias perjudicadas deben seguir juicio a las empresas constructoras que les vendieron departamentos mal construidos: es un pleito entre particulares. Pero no dice nada de los desposeídos, no habla de planes de vivienda ni de otras formas de asistencia. Sin embargo, es honesto reconocer que el desastre ha sido tan grande que ha desvelado la inermidad de ese Estado aparentemente tan poderoso. En cambio, lo que no se puede ocultar es la desarticulación del pueblo chileno. La clase media se organiza para proteger sus pertenencias y disparar a bulto, pero los oprimidos sólo se juntan para saquear.

La tragedia comenzó hace cuarenta años, y el poderoso movimiento obrero chileno nunca más levantó la cabeza. Quizá me equivoque, pero allí no hay movimientos sociales, no hay centrales, no hay federaciones. Cada chileno es un átomo aislado de los demás y frente a la sólida estructura del poder dejada por el pinochetismo de ayer y de hoy. En días más asumirá el nuevo Presidente Sebastián Piñera, de derecha y neoliberal a ultranza. El neoliberalismo es lo contrario de Noé; por eso en ninguna parte se vio un Arca que salve a ese pueblo chileno demudado frente al furor de la naturaleza. Vendrá Piñera y ¿dará subsidios? ¿Construirá viviendas sociales? ¿Reparará la economía de los pobres? ¿Ayudará a los pescadores, a los pequeños productores, a los pequeños comerciantes? Eso no va con sus principios. Si la furia de Dios se abatió sobre ellos que acabe con ellos. Para eso Dios ha creado también esa chilenidad burguesa, satisfecha, altanera, odiadora del roto y aun más del indígena, de espaldas a América Latina, a Sudamérica, a los vecinos más próximos de Chile: Argentina, Bolivia y Perú. Piñera gobernará para ellos y el pueblo chileno tendrá que acumular fuerzas para la reconstrucción sin ayuda de nadie, en la más profunda soledad.

Quizá sea ésta la oportunidad de oro para reorganizar los movimientos sociales, para rearticular a los trabajadores, para revivir el movimiento indígena y las reivindicaciones de los oprimidos, que jamás disfrutaron de la supuesta opulencia del neoliberalismo.

Me duele, me da rabia, me hace cagar de risa leer a esos comentaristas bolivianos que no disimulan su júbilo ante el triunfo de la derecha chilena. ¡Ese es el camino! ¡Ese es un gran país! Ellos harán negocios afortunados, mientras nosotros nos distraemos con ceremonias cojudas en Tiwanaku. Entonces pienso en la solidez orgánica del pueblo boliviano, en sus centrales y confederaciones, en su poderoso movimiento indígena, en su voluntad y su mentalidad colectivas, y me alegro de ser boliviano. Chile era así. El Chile de Allende era un pueblo jubiloso y organizado. Llegaron los cuatro jinetes del Apocalipsis y destruyeron las organizaciones sindicales y sociales. Volvió la democracia cómplice con la estructura de poder pinochetista y nunca hubo cambio de estructuras ni el movimiento popular volvió a alzar la cabeza.

Ojalá que esta tremenda desgracia sea también la hora cero de la rearticulación, de la reorganización, de la emancipación del pueblo chileno.

Ramón Rocha Monroy

Thursday, 24 September 2009

Sobre el fascismo

Algunos analistas usan con negligencia la palabra "fascismo" para designar al régimen que ganó las elecciones en 2005. Son negligentes y arbitrarios porque parecería que nunca examinaron el modelo fascista expuesto por Mussolini y Goebbels, entre otros, y estudiado por la Escuela de Frankfurt, que se fundó con ese fin.

El fascismo es una concepción organicista del Estado y de la Sociedad, que no reconoce ninguna disidencia ni régimen electoral ni derechos civiles ni sindicatos ni menos libertad de pensamiento y de expresión.

El fascismo se basa en el pueblo organizado en fascios di combatimento, y por tanto no reconoce al individuo y a su libre albedrío. Bajo el fascismo no hay individuos. Nadie puede dejar de pertenecer a un fascio íntimamente ligado al partido de gobierno, que forma parte del Estado totalitario.

El fascismo somete a los sindicatos y convierte a las fábricas en cuarteles de producción. El fascismo tiene vocación militar, es por esencia antipacifista. El fascismo cree en las virtudes de la sangre y la raza asentadas en una nación que excluye y amenaza a las demás.

Por eso es una preparación incesante para la guerra, la conquista, el sometimiento de otros pueblos. El fascismo es una expresión política y militar del imperialismo como alianza del capital financiero con el poderío militar.

La base social del fascismo es la clase media, y la base anímica de ésta es el "carácter autoritario" que estudió Erich Fromm: esa tendencia a obedecer ciegamente a los superiores y a mandar con dureza a los subalternos. El fascismo hace que aflore en la clase media la vocación de orden, de disciplina, de pertenencia a un cuerpo orgánico que la dirija.

El fascismo es emocional, es una reacción mental y anímica contra el racionalismo de Occidente, particularmente el racionalismo alemán. Se basa en el impulso, en las emociones de la masa conmovidas por un Caudillo o Duce o Führer. El liderazgo del Caudillo no se discute, se acata, y no hay lugar a la disidencia. Es como un atributo personal, un carisma, algo innato a su personalidad que se debe obedecer. En esa medida, el Caudillo es hermano gemelo del gran empresario, que dirige su fábrica según su inspiración e impulsos, sin que ningún empleado ni menos un obrero pueda disentir con las políticas de la empresa.

Hasta aquí un resumen rápido de los principales conceptos acuñados sobre el fascismo, que se pueden leer en los discursos de Goebbels y en la Carta dil Lavoro, una suerte de Constitución del Estado italiano fascista.

Me gustaría saber cuál de esos conceptos calza en el actual gobierno, que ha salido no de una sino de varias elecciones, que reconoce la libertad sindical, la libertad de pensamiento y de expresión, y sobre todo la disidencia. ¿Acaso la base social de este gobierno es la clase media? ¿Puede un Estado fascista reconocer 36 pueblos originarios con sus idiomas y sus culturas?

Un régimen fascista jamás se somete a elecciones. ¿Podría entonces imaginar siquiera la vigencia del referéndum revocatorio? ¿Puede haber un fascismo asentado en la base social de los pueblos indígenas, de los pobres, de las organizaciones sociales que cada día defienden sus reivindicaciones?

Lo curioso es que he encontrado incluso doctores de la FLACSO que ejercen esta inercia mental.

Ramón Rocha Monroy

Friday, 13 February 2009

5000 hectáreas

El control del agua y de la tierra del planeta ha desatado una carrera tan riesgosa como el armamentismo. Los países de las grandes finanzas establecen hoy colonias en los países con tierras fértiles y recursos hídricos, pero no para salvar del hambre a la humanidad sino para anticipar futuros negocios y guerras.

Según Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, Corea del Sur, primer comprador mundial, ha comprado 2.3 millones de hectáreas, seguido por China, con 2.09 millones, Arabia Saudita con 1,61 millones, los Emiratos Árabes Unidos con 1,28 millones y Japón con 324.000 hectáreas. Los países que buscan para establecer sus colonias poseen tierras fértiles y pocos habitantes; es fácil corromper a sus gobernantes y conseguir privilegios que restringen la soberanía nacional en esos territorios.

Los Emiratos Árabes controlan casi un millón de hectáreas en Pakistán y han puesto la mira en Kasajstan; Libia compró 250.000 hectáreas en Ucrania; el grupo saudita Binladin, la familia de Osama del mismo apellido, tiene territorios en Indonesia; Jordania produce comestibles en Sudán y Egipto tiene 850.000 hectáreas en Uganda. China es un comprador compulsivo porque tiene sólo el 7% de tierras fértiles del planeta y 1.400 millones de habitantes, por eso compró tierras en Australia, Kasajstán, Laos, México, Brasil, Surinam y África; allí lleva a sus propios asalariados que ganan menos de 40 euros al mes, al margen de las leyes laborales de cada país.

Por supuesto que en esta carrera las corporaciones privadas llevan la delantera, como el grupo Daewoo Logistics, que alquiló 1,3 millones de hectáreas a Madagascar, que significan la mitad de las tierras cultivables de esa isla. Benetton tiene casi un millón de hectáreas para producir lana fuera de Italia; el grupo agroindustrial francés Louis Dreyfus tiene decenas de miles de hectáreas en Brasil; y Argentina ha vendido 21.000 hectáreas para cría de ganado a Corea del Sur, país que controla una superficie superior a la totalidad de sus propias tierras fértiles.

Hablamos de negocios, es decir, de una nueva política colonial para saquear los recursos naturales de los países pobres y controlar sus recursos hídricos sin beneficio local alguno. Por eso algunos países, como el Paraguay, prohíben vender parcelas a extranjeros.

En esa lógica, los bolivianos han aprobado como extensión máxima de tierras las 5.000 hectáreas, colocándose a la vanguardia de los países que luchan contra la carrera mundial contra la compra de tierras. Esta es la lógica de la nueva Constitución y del referéndum consiguiente.

El latifundio está ligado al abuso del poder, a las oligarquías, a las mafias, al nepotismo, al tráfico de influencias, al cohecho, al soborno, a la muñeca, a la coima, a la compra de conciencias. El latifundio está orgánicamente ligado a la corrupción, a las dictaduras, a la extrema derecha o al derrumbe moral de la izquierda. Los bolivianos sabemos qué es el latifundio y por eso lo hemos rechazado de forma contundente. Ocho de cada diez bolivianos han votado contra él.

Ramón Rocha Monroy

Wednesday, 3 September 2008

La destilación de bilis negra

Leo por ahí que los médicos del siglo XIX, con gran sentido metafórico, llamaban bilis negra a lo que hoy se llama “trastorno bipolar”, depresión o depre, que también le llaman.

Usualmente, una jornada de depre se anuncia con un sueño intranquilo, pesadillas claustrofóbicas, sueños laberínticos o de persecución. Uno se levanta con el ph ácido, es decir, vinagrera o la sensación de estar chupando una moneda de cobre de un cofre pirata desenterrado. Entonces, dicen que para recuperar el aliento es bueno un café bien cargado y hasta un cigarrillo tempranero, pero el efecto no tarda en ceder ante la destilación silenciosa de bilis negra.

Psicólogos y psiquiatras coinciden en la pertinencia de ingerir píldoras que inhiben la serotonina o que disparan la dopamina, para bloquear o activar los neurotransmisores cerebrales, de modo que nuestro ánimo reciba información positiva y censure la información negativa. Así el trastorno bipolar cede y uno puede “cambiar de polo”, es decir, de humor.

Los amigos aconsejan, en cambio, un par de whiskys tempraneros, con café o en las rocas, de impacto inmediato en el trastorno bipolar para cumplir los deberes más urgentes del día que, en el caso de los periodistas, consiste en escribir las notas del día. Total, como dice un periodista español, felizmente no hay control antidoping en los medios.

Pero aquí viene el hallazgo que de una nota sobre los neurotransmisores se convierte en una reflexión política: Juan Cueto, que así se llama el periodista español, atribuye la causa mayor del trastorno bipolar a la confrontación político electoral. Mientras Rodríguez Zapatero se muestra sereno y positivo como un budista zen o un filósofo laico ilustrado, el jefe del partido opositor aparece generalmente sudado, crispado, histérico, en actitud de segregar bilis negra ante las cámaras para echar la culpa de todos los males a los inmigrantes, a los terroristas, a los gays, a las lesbianas, a las mujeres y a los distintos, que automáticamente son agentes de la catástrofe, del miedo, de la necesidad de poner orden. ¡Orden!

¿Cómo no pensar lo mismo en nuestros días? Hay gente que se niega a admitir que la irrupción del movimiento indígena y los movimientos sociales en la política sin intermediarios, con sus propios líderes, es tan irreversible como las grandes medidas de la revolución del 52; y entonces, en lugar de relajarse y aceptar el país tal como es, abigarrado, diverso, vivo, pujante y sin embargo sereno y pacífico, echan espuma para señalar a los culpables, que en nuestro caso no son tanto los gays, las lesbianas, los terroristas o los distintos, sino específicamente “los indios de mierda”. Pues bien: tendrán que acostumbrarse a esta nueva realidad porque de lo contrario tendrán un trastorno bipolar que incluso podría derivar en esquizofrenia.

Recuerdo que un paisano en la sauna decía, muy seguro de sus fuentes, que los marines americanos tenían una base en el Paraguay y que pronto invadirían el país, por el este, con 10.000 hombres, mientras por el occidente nos ocuparían 20.000 soldados chilenos. ¡Ah! —decía el paisano, en un tono que le hubiera envidiado un profeta bíblico—, ¡Ah, cuando nos invadan, quiero ver la cara de este indio de m… que nos gobierna! Lo escuché callado, pero como consultó mi opinión, le dije: “Me pregunto qué pensaría Avaroa si te escuchara”.

Ramón Rocha Monroy
(Tomado de la edición del 3 de Septiembre de 2008 de La Prensa)

Monday, 18 August 2008

¿De quién es el país?

Cuando uno dice: El país de Neruda, todos sabemos que se trata de Chile; si decimos: El país de Rubén Darío, hablamos de Nicaragua; si decimos: El país de García Márquez, hablamos de Colombia. Incluso si decimos El país del Quijote, hablamos de España.

La pregunta del millón es de quién siempre es nuestro país; en otras palabras, si en casi dos siglos de vida republicana hemos tenido una personalidad tan nítida que nos sirva de patronímico.

Tengo una anécdota triste sobre el tema: cierta vez hizo una visita oficial a Bolivia el Presidente de México Carlos Salinas de Gortari. Como nada se improvisa en estos casos, leyó un discurso escrito y revisado por la Cancillería de su país que luego fue repartido en folleto. Pues bien, para congraciarse usando una cita boliviana, repitió una sentencia de Franz Tamayo; sólo que cambió sustancialmente el augusto nombre de nuestro poeta y dijo: Fray Tamayo. ¡Le puso hábito de fraile al gran pensador aymara!

Esto nos muestra que quizá todos los bolivianos sepamos quién era Franz Tamayo, aunque sus obras no sean muy leídas y poco editadas; pero en el continente, el gran Tamayo ni siquiera es conocido.

Los poetas y críticos literarios dirían que somos el País de Saenz, pero espoco probable que la gente común del planeta identifique a Bolivia con ese nombre.

Alguna vez lamenté que no nos llamáramos República de Potosí, pues el nombre del Cerro Rico y de la Villa Imperial figura en todos los libros de cuentas de los comerciantes y banqueros de Europa desde el siglo XVII y, por supuesto, en las memorias de las casas reales. No en vano se acuñó por entonces una exclamación generalizada: Vale un Potosí. Quizá seríamos entonces El País de Arzanz, en homenaje al autor de la Historia de la Villa Imperial, pero sin ninguna seguridad de ser reconocidos.

Admitamos, pues, que no hay artista ni literato que sirva para identificarnos. Incluso es posible que veneremos la memoria de Andrés de Santa Cruz o la de Víctor Paz Estenssoro, nuestros presidentes egregios. Pero el mundo tendrá dudas de identificarnos como El País de Santa Cruz o el País de Paz Estenssoro.

Veamos las cosas desde otro ángulo. Carlos Montenegro, acaso el más grande prosista de la literatura boliviana, divide su ensayo "Nacionalismo y Coloniaje" en capítulos que titulan: epopeya, drama, comedia, novela. Como si se refiriera al tiempo que vivimos, Montenegro escribe: "Este retorno a la realidad pone fin a la etapa histórica de la comedia... Nuestra historia adquiere un poder de ilusión realizable, que no es ensueño sino ansia de superación afirmativas, y se desarrolla con el proceso coordinado y angustioso -tal es su humanidad-de un argumento novelesco, sin romper la concordancia cosmológica preestablecida entre el hombre y su medio. La inspiración central de este nuevo acontecer es también idéntica a la de la novela. De suyo, ella es un anhelo de realizaciones existenciales, "la persecución de otra vida" -como Caillois ha llamado al impulso creador de la obra novelesca... Las tendencias del alma popular contemporánea -rebeldía, inconformismo con lo vigente, ansia de imperar en el futuro-son señales de ese sentido vitalista que pugna por autenticarse... La novela, como la historia, es una realización existencial que convierte en posibles los ensueños, arraigándolos en la entraña de lo viviente... Todavía confusa, la aspiración boliviana de nuestro tiempo se muestra resuelta a cumplir ese destino... Una inmensa mayoría del pueblo ha reocupado la vieja posición del sentimiento de la nacionalidad frente a la de la tendencia colonialista, que tampoco ha desaparecido... Jamás tuvo la República otra noción de su existencia que la de la pelea. Por eso vivió con el nombre de patria, más gloriosamente que nunca, en la edad de los guerrilleros, cuando no pasaba un día sin matar y sin morir por la independencia del pueblo nativo."

Pero esa epopeya colectiva tiene un héroe. Un héroe que no nació en pañales de seda ni en clínica privada, sino en una choza de un ayllu de un cantón de una provincia perdida. Un héroe que no tiene abolengo ni apellido de casada, aunque algunos señoritos sonrían con irónica complicidad y lo apelliden De mierda, y algunos desalmados lo apelliden Cabrón y La puta madre que te parió, aunque su madre haya sido tan pobre que ni siquiera pudo permitirse ser otra cosa que una santa. Un héroe que no tiene títulos universitarios ni maestrías en el exterior, que no es PHD ni HDP, que no huele a after shave exclusivo ni a desodorante de galán, que huele más bien a multitudes, a ayllu, a tribu, a tierra, a monte, a sayaña, a pegujal, a cato de coca, a subsuelo, a socavón, a Pachamama. Un héroe que huele a sudor, a ojotas, a tambo, a banda de música; que no tiene grado superior sino de soldado raso, de dragoneante, cuando más, de cabo; que no tiene premios literarios ni probablemente haya escrito nada, aunque es, a todas luces, el héroe de esta novela. Los medios del mundo, los políticos del mundo, los ciudadanos del mundo saben quién es. Ustedes saben quién es.

Wednesday, 13 August 2008

¿Sirven los Prefectos?

El Prefecto y Comandante de Plaza fue creado al inicio de la República como un representante del Ejecutivo en cada departamento. Por eso servía para coordinar la acción política central ejerciendo jurisdicción y control sobre el departamento.

En cada departamento fue creada una Corporación de Desarrollo gracias a la incorporación del Planeamiento a la estructura del Estado boliviano. Uno de los primeros planificadores fue el finado e inolvidable José Ortiz Mercado, que inició su obra a fines de 1969, durante el gobierno del General Alfredo Ovando Candia y la prosiguió en el gobierno del General Juan José Torres. En ese período se crearon las corporaciones de desarrollo que tuvieron un papel visible en la promoción de obras públicas regionales aunque fueron suprimidas al inicio de la aplicación del neoliberalismo y desaparecieron durante más de dos décadas.

El nuevo régimen neoliberal concentró las atribuciones de las corporaciones de desarrollo en las Prefecturas, provocando de inicio un severo desajuste, pues los Prefectos eran autoridades políticas, ciudadanos de perfil político, y tuvieron que convertirse en gestores del desarrollo, oficio ajeno a sus preocupaciones.

La concesión de Carlos D. Mesa para "seleccionar" prefectos complicó el panorama pues se gastan buena parte del presupuesto en atacar al gobierno central, y la otra, para ejecutar obras vistosas con fines proselitistas. En buenas cuentas, los prefectos parece que han perdido su razón de ser. Como decía Hegel, si fueran racionales serían reales; pero como no lo son, no deberían existir.

¿Qué ganaríamos? El Ejecutivo profundizaría realmente las autonomías descentralizando el presupuesto a las alcaldías. Éstas elegirían democráticamente un Consejo intermunicipal, encargado de asesorar y vigilar la formulación y ejecución de los megaproyectos departamentales. Estos Consejos no gastarían en proselitismo político ni en atacar al gobierno, con lo cual ahorraríamos mucho dinero para el desarrollo. Por otra parte, los consejos de vigilancia y la ciudadanía de cada municipio controlarían la planificación, formulación y ejecución de planes, programas y proyectos. ¿Se imaginan de cuánta burocracia nos libraríamos?

Si hiciéramos un referéndum sobre mantener o suprimer a los Prefectos, no creo que saldrían bien parados porque, como dice mi amigo Kilín Anaya, son la contradicción de la descentralización. Ya eran agentes de la centralización excesiva, correveidiles del Ejecutivo, pero ahora sí que complicaron sus roles.

La sociedad boliviana dio un paso muy grande en la ampliación de la democracia en América Latina con su conducta serena y disciplinada en el referéndum revocatorio. Demostró con ello que somos una pequeña Atenas, a duras penas, como dice mi buen amigo Fernando Mayorga. ¿Por qué entonces mantener instituciones como las Prefecturas que no tienen roles claros y baratos para el Erario?

Distinto es el caso de los gobernadores en un Estado federal; pero mientras nos mantengamos como Estado unitario descentralizado, probablemente lo más barato sería suprimir este residuo del viejo régimen.

Ramón Rocha Monroy


Wednesday, 6 August 2008

El ascenso de Evo

Mal que les pese a sus críticos, no hay ejemplo en el continente y en buena parte del mundo de ascenso público más espectacular que el de Evo Morales, desde su nacimiento en el ayllu Sullka al triunfo electoral de 2005 y a la Presidencia. Si su vida fuera inventada para una película, sería inverosímil.

Precisamente por ello, a nadie debería extrañarle que tenga enemigos enconados, pero probablemente los más corrosivos sean los comentaristas irónicos que se limitan a menear la cabeza y a sonreír, mientras sus miradas de perdonavidas no dejan lugar a dudas: ¿Qué querían, si no es profesional? ¿Esperaban algo de un indio? Ser gobernante no es lo mismo que ser sindicalista…

La mayor acusación que se le hace es la de haber dividido el país, cuando habría que reflexionar si no estuvo dividido todo el tiempo y mucho más con los desastrosos resultados de la aplicación de políticas neoliberales en Bolivia. No nos cansaremos de repetir que el neoliberalismo es un arca de Noé que limita la salvación a los funcionarios y trabajadores funcionales al modelo, pero no se digna dar solución a los problemas de las mayorías. Por eso sus resultados más visibles son la concentración del ingreso en pocas manos y la extensión de la extrema pobreza en el resto de la población. Este último extremo es como un lago de aguas negras que a los clasemedieros ya nos está llegando al cuello.

Como dice el corrido mexicano, Evo "no es monedita de oro pa' carles bien a todos". ¡Imposible caerles bien a las transnacionales que hoy pagan mayores impuestos a los hidrocarburos o a los latifundistas que evitan una solución estructural al problema de la tierra! Tanto más imposible ser del agrado de los viejos operadores políticos que agotaron las más increíbles coaliciones y maniobras en cuarto siglo de democracia pactada.

Un síntoma penoso de las derivaciones del odio lo sentimos a diario en las calles: antes la gente se insultaba con palabrotas familiares y hasta cordiales, como infeliz, desgraciado, chambón, cojudo e incluso hijo de tu señorita madre. Hoy se repite la palabra indio en todas sus desinencias. En la óptica de algunos citadinos, indio ya es cualquiera que muestre la vasta gama de la piel morena.

Detrás de las políticas del gobierno, que llevan el signo del viejo nacionalismo revolucionario de 1952, hay un escenario de aguda lucha de intereses de clase: para el movimiento indígena y campesino, la lucha pasa por la tenencia de la tierra, entendida ésta como suelo, aire, agua y subsuelo, lo cual implica automáticamente la defensa de los recursos naturales, entre ellos, el agua, el gas, los bosques, los minerales… La tenencia de la tierra es la madre de todas las batallas.

Pero detrás de las críticas de los citadinos, a ratos se esconde pura y simplemente el odio y el desprecio racial. De boca para afuera se acepta que seamos un país de k'aras y t'aras, pero íntimamente la unión de ambos segmentos raciales suena más difícil que juntar el aceite con el agua.

Quizá el enfrentamiento no hubiera tenido la virulencia de estos días si no se convocaba a la Constituyente, pero ese es tema de otro comentario.

Ramón Rocha Monroy


Monday, 30 June 2008

La torre de Babel

Ayer convinimos en que uno de los mayores síntomas de la severa crisis del Estado que vivimos es la ausencia de ley o la superposición de leyes. Una convención básica del Estado de derecho es la de considerar a la Constitución como ley de leyes, principio y fin de todo ordenamiento legal. En esos términos, la crisis que vivimos es tan grave que la Constitución hace tiempo que no se respeta. Si es verdad que cada vez que abre la boca el Estado se expresa en leyes y que éstas guardan concordancia y armonía entre ellas, el Estado de hoy ha sido confinado a la torre de Babel donde se superponen y ensordecen mutuamente muchos idiomas.

Esto corresponde, como es natural, a la confusión que encontramos en el seno de la sociedad, en la cual ciertamente no estamos hablando un solo idioma sino muchas lógicas, y todas parciales.

Los viejos hebreos fueron analistas muy finos de la caída de los pueblos. Por eso acuñaron una maldición: A quienes quiere perder, Dios primero los confunde. ¿Qué es una confusión? Es el entrecruzamiento de lógicas parciales que se expresa en idiomas contrapuestos. ¿Qué Dios nos ha confundido y ahora quiere perdernos?

El proyecto de nueva Constitución es la máxima extensión horizontal de la democracia en los temas transversales. Los capítulos referidos a derechos civiles y políticos, derechos socioeconómicos y cuestiones de género y generación tienen una de las amplitudes más horizontales del Derecho público moderno. Lo curioso es que el derecho a las autonomías, que es una extensión horizontal de la democracia, no ha sido abanderado por los movimientos sociales que propugnan la nueva Constitución, sino por líderes que no participaron en los grandes eventos democráticos de la última década que nos libraron del yugo del neoliberalismo. Un analista español me decía que el caso boliviano parecería una disputa por la democracia encabezada por el Partido Popular, que es un partido de derechas.. Los empresarios más prósperos, los sectores concentradores del ingreso encabezan esa demanda democrática, mientras los llamados movimientos sociales ejecutan tácticas negativas como la abstención. ¿Quién entiende esa confusión?

La correlación de fuerzas en la disputa política de hoy no permite vislumbrar una salida negociada porque los intereses económicos en juego son muy grandes, son decisivos, son estratégicos. Este empate táctico, que algunos prefieren apellidar de catastrófico, se expresa en la Babel cotidiana que vivimos, que a su vez provoca un eco ensordecedor en esa Babel en que hemos confinado el sistema político y la ley.

La ley es un sistema porque es un idioma, y un idioma supone una cultura y una visión del mundo. Sin embargo en Bolivia hay actualmente dos corrientes de aire contrapuestas de temperaturas distintas que generan un tifón social. Ese tifón se posó en Cochabamba el 11 de enero de 2007; se abatió sobre Sucre en noviembre del mismo año; recorre actualmente las provincias de Santa Cruz sin que sepamos dónde va a causar estragos mayores y podría volver a Cochabamba. Ese tifón es la imagen bíblica de la torre de Babel que en este momento parecería ser nuestro único símbolo patrio.

Ramón Rocha Monrroy